Cuando yo era niño no había westerns, ni thrillers, había películas del Oeste y películas de miedo. También había películas de guerra ypelículas de amor. Las comedias eran pelis de risa y las películas de romanos abarcaban todas las ambientadas en cualquiera de las civilizaciones antiguas del Mediterráneo. Las películas no eran de Dassin, de Elia Kazan o de De Sica. Eran una película de Sofía Loren, o de Marlon Brando. O una de Melina Mercouri.
Cinco de la tarde, un tipo sospechoso recorre arriba y abajo la acera de la calle Bravo Murillo frente a la fachada del viejo cine Carolina. Camina de forma extraña, un tanto inestable. Lleva las solapas del abrigo levantadas, ocultando su rostro. Las manos en los bolsillos del abrigo. Un sedán negro frena junto al cine, inmediatamente se abren las puertas y dos personas salen del automóvil: Un hombre maduro, corpulento y calvo que viste un traje oscuro y una mujer. Es muy alta, tendrá unos bellos cuarenta años y, a pesar de la falda estrecha, ha descendido del coche con gran facilidad. Lleva un perrito que cabe en la palma de su mano. El hombre, que salió por el lado contrario a la acera, se adelanta a la mujer y la precede cuando entran en el cine.El tipo sospechoso observa, petrificado en la acera, la irrupción de la pareja. Por un momento se tambalea e inmediatamente, al rebufo de los recién llegados, entra en el Carolina. El tipo sospechoso soy yo. Adelantándome a Sarko, me he metido un pedrusco en cada zapato para parecer mas alto. Las solapas levantadas de mi abrigo ocultan un rostro demasiado infantil. En el Carolina ponen Fedra, calificada por mi hermano mayor de “muy fuerte”. No es tolerada para menores pero el portero del Carolina parece ser un buen tipo que sabe hacer la vista gorda. Aún así, nunca se sabe. Paseo frente al cine para sacar valor antes de enfrentarme a él. En mi mano dentro del bolsillo del abrigo aprieto con fuerza mi entrada.
Cuando Melina Mercouri se bajó del coche, estuve a punto de caerme de mis pedruscos. Una vez dentro del cine, Fedra ya no me interesaba. Esperé a que mi vista se acostumbrara a la oscuridad y busqué a Melina por toda la sala. No estaba allí. Salí al vestíbulo a ver si tenía mas suerte pero no vi nada que alterara la rutina de los empleados. Volvi a la sala a verla en Fedra. Qué fuerte.
Me llamo M. Olano y soy paellalcólico. O como se diga. Hace a penas unas semanas me acerqué a Valencia. Algo conté aquí sobre cómo disfruté de mi visita al flamante Palau de les Arts con los nibelungos y tal. En realidad, todo eso no fue sino un pretexto para comerme una paella en la terraza de la Pepica, mirando al mar desde la Malvarosa. El taxista que nos llevó hasta el restaurante, quiso amargarme el viaje diciéndonos que eso no era la Malvarosa sino el Arenal y que con eso de la novela de Vincent, y sobre todo con la peli, ahora a todo lo llamamos La Malvarosa. Bueno, pues pa ti la perra gorda. De vuelta a Madrid, Genoveva, esa gran mujer, me hace llegar este video-joya que aquí os traigo. Un documento excepcional que demuestra lo cerca que está Valencia de Alemania. Sevilla de Valencia y Benidorm de todo el mundo. Un documento imprescindible para valencianólogos , cocineros mediáticos y coreógrafos con inquietudes. Puro video kitsch- en.
Yo hubiera sido un gran paparazzo. Tengo la cualidad de reconocer a un personaje famoso a mas de 200 metros. Y es mas, tengo algo que les atrae, que hace que aparezcan en mi vida constantemente.Un ejemplo: estoy de visita en Paris y me tropiezo, al lado de la Madeleine, con los Belmondo , padre e hijo, acompañados de dos pibones. Hay otros. El Karl Malden de las narices, Ha muerto este enorme actor. En cualquier medio podréis repasar su impresionante carrera. Yo quiero hablaros de su belleza. En mi primera juventud ( ya voy por la cuarta o mas) viví un año en Londres y por esas cosas raras de la vida me hice amigo de Brian Murray, un prestigioso actor de teatro para mi hasta entonces desconocido. Yo vivía en un agujero en Paddington no lejos del bonito apartamento de Brian, frente al Serpentine. Una mañana Brian me llamó para preguntarme si quería tomarme una cerveza con él y con Karl Malden. Volé hasta The Swan, el pub frente a Hide Park donde habíamos quedado. Karl era muy alto, lo que me obligaba a mirar hacia arriba enfatizando el gesto de admiración que mantuve intacto toda la mañana. Y era muy elegante. Tenía esa elegancia natural de los gestos, de los movimientos. Y, por si fuera poco, demostró una gran paciencia con mi inglés por aquellos tiempos muy precario. Bello.
La Mangano, Mi amigo Joan de Barcelona, mitómano donde los hubiera, siempre me decía que yo tenía mucha suerte porque en Madrid se ven famosos por todas partes. Yo le decía que bueno que no era para tanto, que no me encontraba a Jeanne Moreau en el mercado todos los días. Joan vino a visitarme a Madrid y yo, encantado de recibirle, saqué dos entradas para ver a la Caballé en Salomé. Fue en el teatro de la Zarzuela, en el bar del primer piso. Yo lo recuerdo casi vacío, lo cual es muy improbable. El caso es que allí estábamos los dos alucinados sin poder pronunciar una palabra y, frente a nosotros, Silvana Mangano que consciente de nuestro arrobo dio una calada al cigarrillo y nos dedicó su impresionante perfil mientras exhalaba el humo del cigarrillo. Silvana pasaba temporadas en Madrid porque creo recordar que su hija se casó con un hijo de Alberto Closas, aunque con mi memoria…. La Sara, La disco de la Torre de Madrid, Arena, que no se si ahora es Heinneken o cómo se llama, fue una vez un teatro y durante algún tiempo una sala de cine. Una noche yo hacía cola en la calle Princesa para sacar mi entrada en este cine cuando, no-me-lo-puedo-creer, veo que viene directa a mi Sara Montiel que me dice: ¿Te importa que me ponga aquí contigo que es que no quiero que me reconozcan? Normal, la pobre, quería pasar desapercibida: Llevaba un abrigo de visón blanco hasta el suelo con el cuello levantado dos palmos por encima del cardado. Es verdad que debajo del abrigo iba muy de andar por casa. En esa época vivía en un edificio de la Plaza de España y tenía como vecino a su amigo/enemigo Vicente Parra.
Jean Marais, La primera vez que fui a Paris fui a visitar a Jean Paul Tomasí, actor, bailarín y coreógrafo que había conocido en Madrid. Jean Paul trabajaba en ese momento en el Teatro del Palais Royal con Jean Marais. Jean era un hombre ya maduro que conservaba intacto su atractivo basado a mi entender en un pelazo y una simpatía arrolladora. Cené con él y con Jean Paul dos o tres veces en los bares y restaurantitos de la zona cerca del teatro. Se reía de mi. De mi ingenuidad (o de mi ignorancia, quizá: yo tenía 18 años) pero siempre de buen rollo. Un día llegó a la terraza de L´Entreacte, el bar frente al teatro, cojeando. Como en la obra luchaban y hacían acrobacias mostré mi preocupación y el me largó una elaborada historia de cómo había ocurrido el accidente. Se ausentó de la mesa con no se que pretexto para volver a aparecer dando un salto espectacular como en sus pelis de espadachín. y compañía. Entre mis encuentros en la fase famosos, Bimba Bosé cuando estaba embarazada que aparecía por la frutería debajo de mi casa , Queta Claver de vuelta, que se tomaba la última por la mañana en el bar donde yo, de ida, desayunaba antes de subir a trabajar. Hace unos quince días vi a dos de las actrices jóvenes ( no se como se llaman) de Fisica y Química saliendo del Hard Rock Café y siempre , durante años, Terele Pavez, apareciendo en mi vida en los lugares mas insospechados ( para esto necesitaré un monográfico)Lo malo es que para ser un buen paparazzo soy demasiado tímido. No tengo una foto, no tengo un autógrafo… Así ¿cómo voy a ir a la tele?
Tardes de cine. Los chavales del barrio nos quedábamos hasta el beso y luego salíamos un rato al vestíbulo (el ambigú que decía mi abuela) hasta que atacaban los sioux. El malo era el acomodador. *
La madre de El Toño era pantalonera y su tío Tony, obseso sexual como su abuelo. -Señor Antonio un día se va a llevar usted una hostia...le dijo una vez la señora Balbina cuando le pilló mirándole el culo mientras fregaba las escaleras del portal. En principio, El Toño no era obseso. Que se supiera, no se la meneaba más que cualquiera de nosotros. Una tarde, en el cine Cristal, cuando, amparados por la obscuridad de la sala, vociferábamos nuestro habitual repertorio de sesión infantil:-¡Acomodador, el cubo que me corro! -ese era el inconfundible vozarrón de Carlitos. Los mayores desde el gallinero y el viejo número del trapo: ¡RAJS! -¡Las bragas no, Pepe, las bragas, no! ... De repente oímos otra voz:- ¡Tío marrano! ¡ Habráse visto!, ¡Acomodador! ¿De quién era aquella voz? Desde luego de ninguno de nosotros. Y tampoco el número pertenecía al repertorio de Antonio Patachicle.La linterna del acomodador nos sacó de dudas: ¡El TOÑO! Le habían pillado metiendo mano a una gorda. No le saludamos ni salimos al vestíbulo a ver que suerte corría. El tampoco quiso vernos. Ni aquella tarde en el Cristal, ni en mucho tiempo. Ya no estaba para juegos. Había crecido. * En la jerga infantil, las pelis eran Toleradas o Para mayores. La cantidad de piel que mostraban las actices (los hombres por lo visto no interesaban a nadie), los besos y las referencias sexuales situaban a las películas en uno u otro bando. En mi experiencia, había mucho mas sexo en las sesiones de Toleradas. Y TAMBIEN: Sesión contínua 1/Sesión contínua 2
No creo que hubiera en toda Europa un país con menos sentido del humor que aquella España de los 60. Todo era tremendo. Reirse con Gracita Morales era poco menos que colaborar con el régimen. Total, que me fui a Paris.
En Mayo de 1968 Nino tenía 18 años y una enorme curiosidad. Era moderno. Sabía idiomas. Y, sobre todas las cosas de este mundo, tenía ganas de divertirse. Así que Nino se fue a Paris. Me encontré con Nino por primera vez en el bar de los Studios Backer en la Place Clichy. Entré y me dirigí directamente a una de las mesas sin darme cuenta de que bajo mi silla había un pequeño charco de agua - acababan de fregar el suelo-. La vieja camarera rubia y coquetona del bar, antes de preguntarme qué quería, me soltó haciendo aspavientos: Mais ce n´est pas possible, monsieur a fait pipi!Yo no comprendí nada y mientras todos sonreían y me miraban, me preguntaba cabreado por qué otra vez, otro parisino me tenía que increpar. Ya estaba a punto de cagarme en sus muertos, en la mejor tradición española, cuando Nino desde la barra, acudió en mi ayuda. Ne soies pas mechante, Leonie! ¿Eres español? Nino no llevaba barba, ni pana, ni trenca, pero yo asumí que, como a tantos otros jóvenes españoles, le había llevado a París el movimiento estudiantil y me enfrasqué en una presentación de credenciales llena de nombres de presos políticos y libros prohibidos en España que dejaran claro que no estaba hablando con un cualquiera. No me dejó terminar el discurso. Huyó de mi despavorido con la promesa de que otro día charlaríamos. Coincidiríamos sin embargo en el Barrio Latino -¡el se lo iba a perder!- y en mas de una asamblea donde, con su mini-pull amarillo y aquel flequillo a lo Hervé Vilard, destacaba entre el grupo marrón de los españoles. Con el tiempo, llegamos a hacer una buena amistad que tuvimos la ocasión de compartir durante algunos años en el Ministerio de Cultura con el primer gobierno socialista. Es cierto que en el 68 todos aprendimos algo en Paris. Claro que a Nino no le pidas que recuerde ni una sola de las consignas del 68. Argumenta que el, que siempre va por delante, estaba muy ocupado descubriendo el 69.
Sueños a un duro. El programa doble daba para pasar la tarde al fresco. Y para muchas otras cosas.
Conchi: - Un rollo, Pepi. Otra americanada. Aunque eso si, salen unas casas de morirse. ¡Y unos colorines!…Trata de una chica insignificante que se empeña en hacer la vida imposible al chico, un morenazo que, inexplicablemente, entra al trapo de la tonta esa. El muy inocente ignora que, con ese físico de oscar, es él quien podría traer de cabeza a cualquier otra persona del mundo excepto -y sólo el guionista sabrá por qué- a esa rubia estropajo. Y luego está el otro, el abogado triunfador que no olvida sus orígenes y sigue considerando al chico su mejor amigo. No es tan guapo pero tiene una mirada melancólica que enamora. Además aunque no tiene los morros ni los ojos grises del moreno, ¡tiene un cuerpazo!.. Porque el chico, como es mecánico, siempre sale más sexy pero en la escena del gimnasio, cuando el otro se quita el traje y se quedan los dos en bolas, el que está más bueno es el abogado. ¡Menudo culo! Y va el tío asqueroso de la butaca de al lado y me empieza a arrimarme la pierna...
El abogado está casado y se supone que muy enamorado de su mujer, una galerista muy moderna. Pero, mira por donde, no hace otra cosa en toda la peli que preocuparse por su amigo: que si sufre de amores, que si lo del crédito del taller... Y él siempre ahí, venga a darle puñetazos y a revolcarse con el mecánico en el patio de la casa mientras juegan al baloncesto, que a estos americanos siempre les da por lo mismo.
La chica y el chico andan siempre regañando pero no sé muy bien como se lo montó la zorra esa porque, en lo que salí a mear y a comprarme unas cotufas, ya estaban casándose. La culpa fue de el de al lado que me estaba poniendo nerviosa con la piernecita y decidí cambiarme de butaca. De lo que estoy segura es de que ella se lo quería hacer con el abogado y de que este no la hace ni caso porque la tía anda siempre malmetiendo y no para hasta que el chico y él acaban enfadados.
Al pobre abogado, además, también le abandona la galerista moderna. Menos mal que su jefe, que al parecer es el único normal en este despropósito, le quiere mucho (dice que le recuerda a él cuando era joven) y le hace socio de la compañía. Pero claro, el tío está jodido. Y me ha echado una mirada, Pepi -la mirada esa melancólica- que me ha roto el corazón. Si seré tonta que casi me echo a llorar. Y el otro bobo, con esa cara de cachorro y esos ojazos, tan contento porque la rubia dice que le quiere. ¡No le va a querer! Y se enciende la luz y me veo al de la piernecita mirándome desde la fila de delante con esa cara llena de granos ¡Me puso de una leche!... Y TAMBIÉN: Sesión contínua1
De Madrid al cielo. Ya, como no sea por las numerosas posibilidades de que te empaqueten con destino al otro mundo que te ofrece cada día esta ciudad: el pirao de la moto, la cornisa voladora, el taxista facha, la polución, otro taxista facha… Pero el cielo si, el cielo es especial en Madrid. La Cibeles no es especial, ni el Palacio Real, ni siquiera la Plaza Mayor es especial. De Madrid, el cielo -piensa Jacinto mientras contempla un espectacular atardecer desde su terraza en la planta 18 del edificio de apartamentos de la Plaza de España donde vive. Sentado en su terraza, bañado del rosa, el azul y el oro del cielo, Jacinto escucha el murmullo de la ciudad que suena muy lejos. No así el lamento tan próximo, tan morboso de Billie Holiday una vez mas dispuesta a hacer cualquier cosa para retener al hombre que ama. Siempre le emocionan esas letras desgarradas, la entrega total al otro… A veces ha asomado alguna lagrima a sus ojos mientras escuchaba a Billie. Es tan fácil sentirse solo, tan lejos de todo, en aquel piso 18 en el centro de la ciudad. ¿Cuándo fue la última vez que compartió un atardecer con alguien especial? ¿Cuánto tiempo hace que no ve una mujer cruzar aquel salón de enormes ventanales abiertos al cielo? Bueno , en realidad, ayer mismo vino una pero fue pagando - se dice con una sonrisa complacido con su ocurrencia. Y es que ayer al llegar a casa todavía se encontró con Betsabé , la asistenta ecuatoriana que pone un poco de orden en ese caos.Hoy ni siquiera Betsa ha pasado por aquí porque está arreglando lo de sus papeles. Todo está un poco revuelto y no huele a pino ni a lavanda, ni a flores del bosque ni a ninguna de esas cosas que tanto gustan a Betsa y con las que indiscriminadamente perfuma cada rincón del apartamento. El periódico de ayer se amontona junto al de hoy sobre la mesita. Las almohadas del sofá no están milimétricamente alineadas contra el respaldo (esto, Jacinto lo agradece bastante) La lata de cerveza no volvió a la cocina y en el suelo…¡Vaya ! ¿a quién tenemos aquí? Unas migas que seguramente cayeron ayer de la bandeja de la cena le hacen descubrir que no está tan solo, parece ser que ha estado compartiendo el apartamento con cientos de hormigas que ahora forman una atareada hilera desde la terraza a los restos de comida. ¿Cuánto tiempo he estado compartiendo el apartamento sin saberlo ? ¿Desde cuando andaban estas por aquí? ¿O han llegado hoy? ..Vaya ,vaya...Y total, todo lo que estaban esperando de mi eran unas migajas. Un poco de pan y están dispuestas a subir 18 pisos… Desde la planta dieciocho de la Torre de Madrid todo son hormigas. Abajo los transeúntes no parecen de mayor tamaño que sus nuevas compañeras de piso. ¿Y si les echo una migas? ¿Alguien estará dispuesto a aparecer en mi vida? ¿Es eso?…- elucubra Jacinto. ¡Ya te vale Samaniego!