
La Rusa era todo un ejemplo de estilo para aquella cola de universitarias clónicas: pelo largo con raya en medio, vaqueros, alpargata esparteña, camiseta ajustada marcando tetas o bien blusa de encaje blanca transparentando tetas. Y el inevitable capacho ibicenco con un arsenal de provisiones: el libro (Herman Hesse o Castaneda, según grado de drogadicción), el tampax, el boli, el chisquero, la píldora, papel de fumar, bikini, estuche metálico para la cajetilla de tabaco, la china o la maría. Y la cartera, a su vez repleta de otra larga lista de misceláneas. Y el carnet de la facultad.
La Rusa no. La Rusa ya era, a finales de los sesenta, una chica-almodovar. En la aguja del tacón, pinchaba una pieza de corcho que convertía el zapato en la plataforma que la elevaba a la categoría de chica moderna. Los pantalones ajustados, de mezclilla, acababan en la pantorrilla y se sujetaban a la cintura de avispa por un ancho cinturón de auténtica imitación de tigre. La blusa estampada en psicodélia -a juego con nada- tenía cuello camisero que llevaba levantado enmarcando su rostro, bronceado de maquillaje, en el que resaltaban dos pelotazos de colorete. Las greñas de mil colores, en riguroso desorden. Y el bolso: uno enorme de hule estampado de margaritas king-size.
Oyess...¿Me dejas cinco duros que me faltan?- decía con el mismo tono desenfadado-juvenil que se imponía en Moncloa. Si no la mirabas, hubieras dicho que era una mas de aquellas universitarias eternamente faltas de cinco duros para la piscina, el metro, un bocadillo o lo que fuera. Necesitar cinco duros era moderno. Como de izquierdas y eso...Ella necesitaba cinco duros constantemente. Y no es de extrañar porque era mucho más moderna.
Nunca vi a nadie darle cinco duros (lo moderno era pedirlos, no darlos). Ni entonces ni en tantas ocasiones como, años después, seguí encontrándome con la Rusa en otras tantas colas.

Cuando empezó a frecuentar las de los cines, ya no le faltaban cinco duros. Tendría para entonces unos 85 años y debió pensar, muy acertadamente, que ya estaba bien de ser universitaria y moderna. En las colas de los cines vendía chistes de amor. Los chistes de amor eran unas hojillas, trozos de fotocopias partidas, imposibles de leer. Un puñado de frases inconexas, como yo bien sabía. Pero...¿Quién se resiste a ese título?
En la foto, la Rusa una mañana en el Paseo de Recoletos, escribiendo los chistes de amor que por la tarde vendería en las colas de los cines.