viernes, 11 de septiembre de 2009

Moda para hombres

Tengo una amiga muy amante de la moda. No es rica pero, hasta donde puede, se surte de las grandes marcas de costura. No, no es marquista, que ya me parece oíros, y si hay que reconocerle un gusto exquisito. Lo mismo podría decirse de su forma de peinarse o de su maquillaje. Una vez le acompañé a comprar un perfume y fue como asistir a un master de altísima perfumería.
Felizmente casada, anoche, junto a su chico, me recordaba lo agradecida que me estaba por un consejo, que dice que le di, para ligársele:

No le asustes. Ponte unos jeans y una camiseta. ¡Y suéltate el pelo, por favor!

Lina:-Paco estaba destrozado. Y yo con esos pelos.
Pongamos que trabajo en una tele comedia y tengo que decidir el vestuario de la prota: una mentirosa patológica. Pues eso, así iba vestida yo el día que Paco me pilló por primera vez en una mentira.
Yo quería defenderme y mi aspecto no hacía sino rebatir todos mis argumentos.
Aquellas mallas rojas estrechísimas, de cintura baja, baja, baja. Aquel top de lycra negra sin tirantes que a penas me cubría el pecho. Aquellas botas de plataforma, tan inestables, no me ayudaban nada. Y el pelo: unos canutillos de colores recogidos en moñitos, muy monos, que tampoco contribuían a mi defensa.
Me sentía miserable y ni siquiera llevaba un bolso al que agarrarme. Me dolía haberle hecho daño.
¿Cómo consolarle? ¿Se puede convencer a un novio de que eres buena con una banda de lycra por las tetas?
Tenía unas enormes ganas de llorar, aunque ya no sabía si era por él o por mi, tan desgraciada, que ni siquiera iba vestida para ponerme a llorar con un poquito de dignidad.

Si yo se que Paco se iba a enfadar esa tarde, me visto de otra manera. Para empezar, me dejo el pelo suelto que ayuda mucho en estas situaciones. Te lo retiras de la cara con la mano abierta en forma de peine, mirándole muy seria y, vamos, si no te cree por lo menos se pone cachondo. Y luego pues, nada, un vestido cortito y suelto de esos que parece que no te has arreglado como los de las chicas americanas de las gasolineras de los anuncios. ¡Ya te digo! si una ya sabe de que van los tíos. Lo que pasa es que yo no me había vestido para eso. Pero yo, vestida como yo me sé, le hago lo del pelo y le digo que lo he hecho por él y me cree. ¡ Vaya que si me cree! Si el pobre estaba deseando creerme...
Y es más, supongamos que no me creyera. Pues cojo y me voy. Y cuando me estoy alejando, me vuelvo a mirarle, tristísima, haciendo volar el pelo en el aire a cámara lenta y viene detrás de mi, fijo.
Pero aléjate con dignidad sobre 10 centímetros de plataforma... Que no, que me pilló vestida de mentirosa. Y me dejó. Y se me partió el corazón. ¡Odio la lycra!

domingo, 6 de septiembre de 2009

Cuidado 3

Antes de las vacaciones, dediqué 2 post 2, a avisar de los peligros que el verano y las vacaciones traen consigo, especialmente en el terreno sentimental. Aquí abajo los recuerdo.
Pero, ya vestidos de cigarra, con las vacaciones a punto de llegar, nadie quería oír problemas. Así que, para que no me acusaran de agorero, decidí aparcar el tema. En fin, las consecuencias no se han hecho esperar.




El cochinillo
Me abandonó en una siesta. Con el mal cuerpo que deja eso.


Aquel domingo de Agosto todo se volvió contra mi: los mosquitos, el restaurante de domingueros, los termómetros...Lo que iba a ser una encantadora jornada en el campo que insuflaría un nuevo aire a nuestra relación, acabó en un encuentro indigesto en aquel avispero con tufo a refrito.
Yo sabía la falta de glamour que tiene atiborrarse de cochinillo a dos manos bajo aquella solanera pero, qué quieres, me deje llevar por el decorado.
Cuando advertí su mirada justiciera clavada en mi rostro sofocado, intenté un gesto con clase mientras me limpiaba la grasa de la barbilla y el sudor del bigote. Gesto inútil. Aquella servilleta pringosa no hacía juego con el encanto de mi sonrisa.
- Ja, ja, ja...Qué típico, ¿no?
No. Para entonces ya se le había indigestado mi cochinillo. Aún así pensé que eso lo arreglaba yo con una buena siesta cargada de promesas. Fue peor. Tras mi grasiento espectáculo en el merendero, la prometedora siesta más que a un sueño de inusitados juegos sexuales, debió sonarle a orinal. Y me vomitó:
- Me voy, te dejo.

Y se fue. Y me dejó. Y en plena siesta, la muy cochina.

Y es que, ¿a ver qué hace uno si le abandonan a la hora de la siesta?
Porque, te dejan de noche y, en el campo, los grillos gimen a tu ritmo y te hacen compañía. A la hora de la siesta, la chicharra machacona parece que se ríe de tu dolor: chincha, chincha, chincha... Además, por la noche, siempre cabe la posibilidad de dormir desconsoladamente. Durante la siesta, no hay manera.
Tomen nota los amantes:
El abandono de siesta produce una acidez de estómago que no te deja digerir la pena, aumenta la desazón y corrobora tu mala suerte. Sobre todo si has comido cochinillo.

Y TAMBIÉN:
Cuidado. Llega el verano / Cuidadito, cuidadito, cuidadito

jueves, 3 de septiembre de 2009

La rentrée





















La vuelta al cole, la renaudación de las actividades parlamentarias, el comienzo de la temporada teatral y cinematográfica, la vuelta al trabajo, el arranque de la programación cultural. Todo eso es la rentrée.

Y seguro que se me olvida algo.




domingo, 30 de agosto de 2009

Chistes de amor

Era admirable. La versión Universidad de Verano de La Rusa, era admirable. ¿Cuántos años tendría, setenta?...Desde luego ninguna edad homologable a la cola de la piscina de la Universidad.
La Rusa era todo un ejemplo de estilo para aquella cola de universitarias clónicas: pelo largo con raya en medio, vaqueros, alpargata esparteña, camiseta ajustada marcando tetas o bien blusa de encaje blanca transparentando tetas. Y el inevitable capacho ibicenco con un arsenal de provisiones: el libro (Herman Hesse o Castaneda, según grado de drogadicción), el tampax, el boli, el chisquero, la píldora, papel de fumar, bikini, estuche metálico para la cajetilla de tabaco, la china o la maría.
Y la cartera, a su vez repleta de otra larga lista de misceláneas. Y el carnet de la facultad.

La Rusa no. La Rusa ya era, a finales de los sesenta, una chica-almodovar. En la aguja del tacón, pinchaba una pieza de corcho que convertía el zapato en la plataforma que la elevaba a la categoría de chica moderna.
Los pantalones ajustados, de mezclilla, acababan en la pantorrilla y se sujetaban a la cintura de avispa por un ancho cinturón de auténtica imitación de tigre. La blusa estampada en psicodélia -a juego con nada- tenía cuello camisero que llevaba levantado enmarcando su rostro, bronceado de maquillaje, en el que resaltaban dos pelotazos de colorete. Las greñas de mil colores, en riguroso desorden. Y el bolso: uno enorme de hule estampado de margaritas king-size.
Oyess...¿Me dejas cinco duros que me faltan?- decía con el mismo tono desenfadado-juvenil que se imponía en Moncloa. Si no la mirabas, hubieras dicho que era una mas de aquellas universitarias eternamente faltas de cinco duros para la piscina, el metro, un bocadillo o lo que fuera. Necesitar cinco duros era moderno. Como de izquierdas y eso...Ella necesitaba cinco duros constantemente. Y no es de extrañar porque era mucho más moderna.
Nunca vi a nadie darle cinco duros (lo moderno era pedirlos, no darlos). Ni entonces ni en tantas ocasiones como, años después, seguí encontrándome con la Rusa en otras tantas colas.


Cuando empezó a frecuentar las de los cines, ya no le faltaban cinco duros. Tendría para entonces unos 85 años y debió pensar, muy acertadamente, que ya estaba bien de ser universitaria y moderna. En las colas de los cines vendía chistes de amor. Los chistes de amor eran unas hojillas, trozos de fotocopias partidas, imposibles de leer. Un puñado de frases inconexas, como yo bien sabía. Pero...¿Quién se resiste a ese título?

En la foto, la Rusa una mañana en el Paseo de Recoletos, escribiendo los chistes de amor que por la tarde vendería en las colas de los cines.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Por qué, por qué, los domingos por el fútbol me abandonas

Hasta dos veces lo preguntaba Rita Pavone y no encontraba una explicación satisfactoria. Detrás de esta pregunta, claro está, la sospecha del engaño.
El blog Los pasos que no doy recoge una frase de Joaquín Sabina (otro gran filósofo de la escuela de Rita) que dice: Los hombres engañan mas que las mujeres; las mujeres, mejor.
¿Incluirá la contabilidad de Sabina a los que se engañan a si mismos?


Free-kicks

Fíjate si Balta es futbolero que a los 22 años se casó de penalti. Pero esa es otra historia. Esta comienza un domingo sin la novia, en el estadio del Manzanares, cuando el Real Madrid estaba a punto de cantar el alirón. Aunque, a decir verdad, empezaría mucho antes en el patio del colegio, jugando al fútbol con otros niños.
Se llama Baltasar Montiel y es de Herrera de la Mancha. Esto lo lleva muy a gala aunque, desde que era un crío, ha vivido en Madrid. Primero, interno en un colegio y más tarde, en un pisito junto al Manzanares, enfrentito del estadio del Atleti, como le gusta aclarar.

Aquella tarde, el Atléti perdía contra el Madrí -¡en su campo!- y cuando a penas quedaban
dos minutos para el final, dispara Torres y...¡GOOOOOL! En el frenesí de la hinchada, siempre estratégicamente situado, Balta se abrazó a un atlético de veinte tacos. Con la técnica de ataque tantas veces ensayada, metió la pierna izquierda entre las del otro, le enganchó por el culo con la mano derecha y esperó acurrucadito.
La mayoría de las veces, estos encuentros no duraban más de unos segundos. Balta intentaba siempre aguantar el achuchón lo mas posible y, cuando se soltaban, se enganchaba volando al siguiente antes de que se pasara la euforia.
Aquella tarde el hincha aguantaba bien el ataque -¡Qué golazo,el del Niño!- pero ocurrió también que los amigos del chaval se les echaron encima en una meleé bien prieta.
Sellados el uno contra el otro, entre ellos dos solo había el inesperado palo de un martillo. ¿O eran dos?. Balta nunca disfrutó de un abrazo tan largo. Nunca tanto tiempo del olor ácido a sudor y calimocho. Nunca antes ningún hincha le había besado. Porque, para su sorpresa, el atlético le clavó un mordisco en todo el cuello.

Inmediatamente después, la meleé se deshizo. El hincha y él se miran sofocados. Final del partido. Y el del Atlétic desaparece con sus amigos por el vomitorio sur mientras Balta, inmovilizado, se tapa el lamparón del pantalón con la bufanda rojiblanca.
En cuanto se repuso, les alcanzó en la calle y todavía les siguió un rato con la mirada. Antes de desaparecer dentro de la Kangoo, el hincha le miró intensamente, muy serio.

Algunos domingos mas tarde, volviendo del partido, camino de su casa, Balta se encontró con él, borracho y lloroso, tirado en la acera muy cerca de la M-3O. Bajo el caqui desabrochado, la camiseta colchonera. Balta, poca cosa como es, cargó con uno ochenta de soldado hasta su casa. Intentó espabilarle, le acostó en su cama.
El manchego tardó dos Alka Seltzer en comprender que el hincha no tenía ninguna intención de dejar de estar borracho. Le miraba a los ojos y le suplicaba continuamente: -¡Qué borracho estoy!

Métame un gol

Esta portorriqueña fue la última reina de la revista en la España de los 70, a punto ya de desaparecer como género en los teatros, o al menos en los teatros de las grandes ciudades.
Y es que, en esa época, por ejemplo, en Madrid se estrenaba ¿Por qué corres Ulises? De Antonio Gala donde una jovencita Victoria Vera y un mas joven aún Nacho Duato se desnudaban. Y se estrenaba Equus (si el de Harry Potter en pelotas ) donde, se desnudaba Juan Ribó, eterna promesa de la escena.
No dudo de que el texto de las obras de Addy fueran tan buenos como los de Peter Schaffer pero la verdad es que tanto Ribó como Victoria o Nacho tendrían por lo menos veinte años menos que Addy. Y oye, así cualquiera.
Pero no hay que quitar por ello mérito a Addy cuyo trabajo mereció mas de un artículo de Umbral y otras laureadas plumas de la época.
Para mi, Addy es, sobre todo, los títulos de sus espectáculos. Entre mis favoritos este Métame un gol, Estréneme usted y Lo tengo rubio.

sábado, 22 de agosto de 2009

Hace calor

Nada mas vulgar que hablar del tiempo. Es la prueba mas evidente de que no tienes nada que decir. Y de tu falta de imaginación.
Seguro que en los manuales de protocolo y modos sociales, o como se llame eso, se prohibe hablar del tiempo. Incluso en los ascensores. En los blogs no se pero, por si acaso, me callo.
Pero hay que ver el calor que está haciendo.